martes 26 de mayo de 2009

¿Llevas los pies?

Era de noche y todos corríamos delante de aquel monstruoso hombre. Medía más de dos metros de alto, vestía un mono negro de goma muy ceñido y cuando avanzaba un paso el suelo retumbaba. Era calvo y tenía la cabeza pintada de blanco, excepto un borrón negro alrededor de los labios. Uno de sus globos oculares se encontraba vacío; el otro contenía un ojo hinchadísimo, salpicado de numerosas venas rojas a punto de estallar. Su mano, la derecha, la certera, empuñaba un hacha gigantesca que blandía hacía nosotros. Mientras,bramaba con voz potente y distorsionada :

- ¡Los pies! ¡quiero vuestros pies!

Todo 4ºB corríamos despavoridos delante de él. Parecíamos una manada de cebras frente a un león en la sabana africana. Mi corazón latía veloz. Delante de mí tenía a Mamen y su larga melena, que ahora garabateaba desordenada al compás de la huida. Había más compañeros en aquel grupo, pero sólo identifiqué a Andrés cuando se giró a comprobar si la distancia con nuestro perseguidor aumentaba. Pero el monstruo estaba ahora más cerca y a cada segundo que pasaba sus sísmicas pisadas se percibían más intensas y sus rugidos más próximos.

- ¡Os voy a cortar los pies!

A mi lado corría Paula. Lo supe porque la mueca de terror le obligaba a mantener la boca abierta y advertí el destello metálico de su aparato dental . Atrás no sabía quiénes corrían, sólo sé que se escuchaban gritos.

Corríamos pero, como en la sabana africana, sólo era cuestión de tiempo; tarde o temprano esa bestia alcanzaría a alguno: al que tropezase o al más débil. Así que no era cuestión de velocidad, sino de astucia, y algo dentro de mí decía que era mejor separarme. Pasábamos por delante del callejón de la basura y lo más probable era que mis compañeros siguiesen en la misma dirección. Por eso desvíe mi trayectoria hacia la derecha, esperando que aquel ser los persiguiese. Mientras alcanzaba los contenedores que había al final del callejón, escuché jadear a alguien a mi lado. El brillo metálico delató de nuevo a Paula, que se agazapó detrás de un contenedor. Yo me oculté entre las cajas de cartón de la otra acera. Una suerte de resquicio me permitió comprobar que el resto de mis compañeros pasaban a toda velocidad calle abajo.

Mientras me acomodaba sin perder de vista el exterior, las sienes me latían y parecía que mi pecho fuese a derribarse de un momento a otro. Todavía no había recuperado la respiración cuando escuchamos un alarido. Era Jandro, el más pequeño de la clase. Mientras lo oía lloriquear y suplicar con desesperación pensé que tal vez debería acudir a ayudarlo, pero me encontraba paralizado por el miedo.

-¡No! ¡no, por favor! – gritó Jandro -¡nooooooooooooo!

Un golpe seco hizo vibrar el suelo y a éste le siguió un aullido ensordecedor de Jandro. Jamás escuché a alguien gritar así. Quise taparme los oídos pero no hizo falta, pronto cesaron los chillidos. Me acurruqué un poco más entre los cartones y vigilé la calle por donde esperaba ver pasar a nuestro perseguidor. ¡Allí estaba! Tan grande, dando aquellas zancadas tan pesadas y con el hacha goteando sangre. Iría a por mis otros compañeros, los que habían seguido huyendo calle abajo, sin duda. Paula, desde su escondite, también debía estar observándolo, pues pude escuchar como repiqueteaban sus dientes: clac-clac-clac-clac- … Debió ser ese sonido el que hizo detenerse al monstruo y girarse hacia el callejón; aquel repiqueteo era demasiado perceptible. Comprobé con horror como la fiera se adentraba con parsimonia en el callejón mientras arrastraba la hoja del hacha por el suelo. Clac-clac-clac-clac. Vibraba el suelo a cada paso. Cada vez se escuchaba con mayor intensidad el clac-clac-clac-clac. Aquel salvaje se detuvo frente al contenedor que ocultaba a Paula y con un movimiento leve volcó el enorme cubo de la basura que la ocultaba. Allí estaba Paula, con la espalda apoyada en la pared, incapaz de detener su mandíbula y con los ojos muy abiertos. Ahora se podía escuchar todavía más el castañeo de sus dientes: clac-clac-clac-clac. Él levantó con toda tranquilidad el hacha con las dos manos mientras, con pronunciación pastosa, le preguntaba, inalterable:

- ¿Y tú? - su voz era muy grave, casi gutural - ¿llevas los pies?

Debí haber defendido a Paula, haber urdido un plan para que no le seccionase también a ella los pies. Pero en la sabana africana y frente a un león hambriento tan sólo era una cebra más. Así que sólo supe salir pitando de allí. La bestia se encontraba demasiado ocupada como para preocuparse de mí, de la figura que salió disparada desde aquellas cajas de detrás. Correr. Correr, ésa era la orden. Al doblar la esquina del callejón, de reojo y sin querer hacerlo, ví como el hacha ya se abalanzaba sobre los pies de la pobre Paula … yo seguí corriendo.

Corrí hasta las siete de la mañana, que es a la hora que sonó el despertador. Aquella noche había descubierto que sólo era una cebra más, que carecía de cualquier tipo de valor, así que en el desayuno no hablé con mis hermanos, en el patio no crucé palabra con nadie y me metí en clase cabizbajo. Me acusaba de haber dejado que un monstruo seccionase los pies de dos de mis mejores amigos. Hacia el final de la mañana resolví que era una tontería el castigarme así por mi falta de coraje, que sólo se trataba de un sueño, de una pesadilla, y en clase de Lengua, mientras el profesor pasaba lista me perdoné y emergí de mi ostracismo. Me giré para dedicarles a Paula y a Jandro una sonrisa pero descubrí con inquietud que sendos pupitres estaban vacíos. La ausencia de mis dos amigos hizo que recordase la pesadilla de la noche anterior y volví a sentirme una cebra que huye de su depredador. Cerré con fuerza los ojos para eliminar esa idea de mi cabeza y pude escuchar a mi espalda una voz resonante, grave y viscosa que preguntaba:

- ¿Llevas los pies?

¡A correr!

domingo 19 de abril de 2009

Asquipena

Hace mucho calor esa noche.
Dos soldados, furiosos como avispas, le obligan a apoyar su joven espalda en la pared, todavía caliente por sol recibido durante todo el día. Después, se integran apresurados en el batallón de fusilamiento que ahora tiene enfrente.

Por su cuello resbala una gota, fría, de sudor.
Escucha una bramido marcial.
Ruido.
Se acabó.

La semana pasada fue su abuelo. Ayer, sus padres. Mañana, su hermano.
Nadie le llorará hasta que hayan pasado casi ochenta años.


19 de abril de 2009.


sábado 18 de abril de 2009

Desencuentro.

Pego aquí un texto que no es más que un ejercicio literario realizado en un taller de escritura en el que participo. El ejercicio consitía en redactar, bajo formato epitolar, un enfado, un desencuentro.


Desencuentro en un baño público

Dirigido a: Paco Z. ( pacozeta@grupoempresarialzeta.com)

Desde: midireccióndecorreo@coldmail.com

Asunto: ¿Te puedes creer que nunca sé qué poner aquí?

Valencia, a 28 de octubre de 2008.

Hola, Paco. ¿Qué tal? ¿cómo estás? Espero que bien, aunque, en fin, ya sé que te va fenomenal y me alegro mucho, de veras, pese a que te cueste creerlo.

No sé cómo escribirte después de lo que pasó el otro día y sé que esta no es la mejor forma de hacerte llegar mis disculpas, pero no encuentro valor para llamarte o pedirte perdón cara a cara, que es la razón que me ha empujado ha dedicarte estas líneas.

No te traté demasiado bien, lo reconozco. Pero tú, también, deberías admitir que no estuviste a la altura de las circunstancias. Comprende que no fue fácil para mí, un humilde limpiador de baños públicos, toparse con su primo, trajeado de Armani (o más) y acompañado por aquella rancia representación del empresariado valenciano, mientras yo le daba al mocho como un auténtico cabrón. Ahora reconozco que tú tenías razón, sí. Que la fama, la gloria y las riquezas no se esconden tras un pedazo de papel que acredite mi educación universitaria, sino que, efectivamente, están detrás de una buena apariencia, un elegante traje, como el tuyo, una calculada elevación del mentón y la mirada fija, muy fija. Yo tengo el título universitario, y tú todo lo demás. Y de eso se dio sabia cuenta Mireia, que corrió a tus brazos, los del primo de su novio de toda la vida. Pero no te preocupes, primo, que ya no os culpo, ni a ti ni a ella. Y menos ahora que me he enterado por medio de la tía Sole de lo de vuestro divorcio y de que te casas con una tía estupenda.

Bueno, a lo que iba. Verás, Paco, sé que no estuvo bien manchar así tu traje, pero es que cuando vi que, después de tanto tiempo sin vernos, me ignorabas de aquella manera, cuando huiste de mis saludos, se desató en mi interior la furiosa hostilidad – llámalo envidia si quieres- que llevo acumulando hacia ti durante tantos años. La tía Sole, el Abuelo, Mireia, tu éxito profesional, mi fracaso personal, tu traje de Armani y mi uniforme de “Higienización de Colectividades López” me empujaron a arrojar el cubo del agua sobre ti después de que ver como fingías no conocer a tu primo, el pringao que fregaba aquellos baños públicos. Lo siento, no sabes cuánto me arrepiento de ello, ahora que, también, debo decir que ya te vale, ya. Pienso que con que me hubieras dado una hostia, que era lo que merecía, era suficiente, pero no, tú no, tú tenías que joderme aun más la vida. ¡Mira que hablar con mi jefe para asegurarte de que sería despedido! Gracias, primo, muchas gracias.

En fin, a pesar de todo quería pedirte perdón, no estuvo bien reaccionar así, de aquel modo tan arrebatador, tan violento, y lo admito con mucho pesar. Lo siento, Paco, y espero que algún día me perdones.

Lurema.

P.D.: como prueba de mi arrepentimiento, quiero que sepas que dejaré en casa de la tía Sole un sobre con dinero para pagar el traje que te estropeé con aquellos malolientes orines. Supongo que con dos cientos euros tendrás suficiente para compar otro – no puedo darte más; el despido resultó procedente y me quedo sin derecho a indemnización y por tanto más tieso que un bacalao- y así olvides tan desgraciado acontecimiento. A ver si así te dignas a pasar por casa de la tía Sole, que sabes que eres su sobrino favorito y que siempre se anda quejando de que nunca te ve. Haz el favor, anda, que está ya muy mayor la mujer y le darás una alegría si le regalas una visita.

martes 14 de abril de 2009

14 de abril


Hoy hace setentaycoho años. Pudo ser lo que hoy es.

lunes 23 de febrero de 2009

Hibernación

Abrió los ojos pero un potente rayo de luz le obligó a cerrarlos de nuevo y trató de volver a dormir. Su todavía confusa mente relacionó aquella luz, intensa y dorada, con el momento de abandonar aquella cama, así que echó un rápido vistazo a su alrededor para evaluar las posibilidades de levantarse sin sufrir algún percance. Retiró las sábanas de golpe, acto por el cual notó punzadas en todos los músculos accionados. El sol seguía acariciando su piel con cariño cuando tomó el teléfono móvil que descansaba en la mesilla conectado a la red eléctrica mediante un cable que, pensó, se asemejaba al cordón umbilical de un feto. Treinta y ocho llamadas perdidas y doce mensajes de texto, la mayoría de publicidad. Poco, teniendo en cuenta que llevaba cuatro meses durmiendo. Una ola de pereza tumbó su voluntad y su cuerpo, que se hundió otra vez en aquel colchón caliente y blando. Con terquedad, retuvo el teléfono móvil en la mano a la altura de su pecho, que ahora permanecía descubierto mostrando una piel muy, muy blanca. Al tratar de acariciar su cabellera con la mano izquierda, sintió un dolor sordo en su antebrazo izquierdo que le recordó el gotero al que Maribel le había conectado en noviembre. “Otro cordón umbilical”, pensó. Sus ojos volvieron a cerrarse con modorra mientras Maribel, que había entrado en la habitación, bajaba la persiana con bastante estrépito.

- Salva, todavía no es marzo. Así que a seguir durmiendo -
- ¿Seguro? - musitó Salva con la voz ronca y sin abrir los ojos

Maribel reía mientras arrancaba de la pálida mano de Salva el teléfono móvil y lo volvía a depositar sobre la mesilla.

- Tal vez podría leer el periódico al sol sentado en un banco del parque … - murmuraba Salva al tiempo que Maribel volvía a envolverlo con dulzura entre sábanas.
- Sí, claro, leer el periódico en el parque ... – ironizaba Maribel mientras aumentaba la dosificación del somnífero – te quedarías “pelao” de frío, bobo. A mí llámame cuando te apetezca perseguir veintiañeras por ese parque, no cuando quieras leer el periódico sentado en un banco, pesado. Entonces, sí será momento de que te levantes, ahora todavía hace mucho frío.
- Hummmm... odio el frío, Maribel. Ni lo nombres, por favor. – Salva dejó caer su cabeza hacía el lado derecho de la almohada; el somnífero ya estaba actuando.
- ¡Y yo odio el calor! - replicó Maribel, ya de espaldas al caminar en dirección a la salida de aquella habitación. Con la mano ya sobre el picaporte, se giró para decirle en un tono más elevado – así que, haz el favor de descansar más para que luego me cuides tú a mí bien durante el verano.

Salva oyó como Maribel cerraba la puerta y antes de dormirse por completo su mente le regaló un mar de luz y calor en el que poder zambullirse. Hasta mayo, Salva.

domingo 15 de febrero de 2009

Hipermercado

Aquella mujer tenía el cabello largo, castaño y liso. Como ella.

Cuando Miguel la vio, rebuscaba en una estantería de juguetes para bebés. Ella, abstraída en la tarea de sumergir sus brazos en aquel mar de muñecos de peluche, ignoraba el terrible impacto que su mera visión producía en Miguel, que necesitaba apoyarse en el carro metálico del hipermercado.

Mientras, Miguel, recordaba su sonrisa de fresa, aquellas mejillas siempre sonrosadas y su voz aterciopelada. No pudo evitar una mueca cuando pensó en el enorme número de veces que persiguió a otras mujeres al confundirlas con ella. Esa misma mañana había irrumpido en una frutería al creer verla en su interior manteniendo una amistosa charla con el dependiente. Una tibia amargura se apoderó de él al ver que no, que no era ella.

Pero esta vez no había errado, era ella, sin duda. Para comprobar una vez más que su vista no le engañaba, la repasó de cabeza a pies, y, al descender la mirada hasta sus botas, encontró que al lado de sus piernas se encontraba un carrito de bebé. “¡Ha tenido un hijo!”, pensó entre atónito y malhumorado. Cuando se recuperó de la sorpresa, entendió que era normal, que había pasado mucho tiempo y, en fin, la biología siempre nos juega este tipo de malas pasadas. Pensó que tal vez sería una buena idea acercarse y saludarla. Seguramente, ella se alegraría de verle y le dedicaría una sonrisa más, y esa sería, quizá, la última vez que se verían. Este pensamiento aligeró su conciencia y permitió que Miguel se ensoñase con una amena charla y que, ¿por qué no?, podrían acabar en la cafetería del hipermercado recordando los viejos tiempos entre risas. Y ya puestos a soñar, ella, retirándose un mechón de pelo de la frente, podría proponerle que un día fuese a verla a su casa y… No, resolvió, mejor no decirle nada y dejar las cosas como están, puesto que lo más probable es que no ella no le hiciese mucho caso, ya que era imaginable que el padre del bebé que descansaba en aquel cochecito estuviera merodeando en otro pasillo y eso acotaría mucho sus posibilidades.
Al llegar a esta conclusión, una idea estalló en su cabeza en millones de cortantes fragmentos que punzaban su corazón. “¿Y si, haciéndome el distraído, me dejo encontrar por ella?”, meditó mientras su mano izquierda se desprendía del carro y comenzaba a acariciar su barbilla. “¿Me reconocería? ¿me saludaría? o, por el contrario, ¿fingiría no darse cuenta de que estoy aquí?...” Por un instante le pareció que se volvía loco y su mente suprimió toda realidad física, salvo a ella, ahora teñida de rojo y manipulando invisibles juguetes, y a él, que seguía apoyado con una mano en el carro metálico del hipermercado. Sintió vértigo y tomó el carro con las dos manos y más fuerza temiendo caerse sin dejar de preguntarse “¿me saludaría?”.

- Miguel… oye, ¿estás bien?

Era una mujer de unos treinta años y con un niño en sus brazos la que le zarandeaba levemente. Miguel no la reconocía.

- Miguel, ¿me oyes? … Nada, que tomes al niño que yo tengo que ir a la cuarta planta a mirar unas cosas.- Antes de que Miguel pudiese replicar, la mujer le encanastó al niño en sus brazos, sonrió y besó a ambos con ternura.- ¿Estaréis por aquí, verdad? Yo no creo que tarde más de media hora…

Miguel asintió y se volvió a lanzar otra mirada a la mujer del suéter blanco y botas altas, que giró su cara muy lentamente, quizás buscando aquéllos ojos que no dejaban de examinarla. No era ella. Era mucho más guapa, pero no era ella. Agachó su mirada y tras reponerse de la nueva decepción, contestó:

- Sí, sí, cariño… estaremos por aquí un buen rato.

sábado 10 de enero de 2009

Nuestro foro

¡Por fin! Ya está construido el foro que os prometí para compartir las fotografías y no tener que perseguirnos por el "messenger" ni andar por ahí con dispositivos de almacenamiento. Bien, pues la dirección del foro es:



http://deayerydehoy.creatuforo.com/


y es muy sencillo de manejar: sólo tienes que registrarte utilizando tu cuenta de email, un nombre de usuario (o de usuaria, no sea que se me enfade una que yo sé) y una contraseña. Recibirás un mensaje solicitándote la activación de la nueva cuenta creada, pinchas en el enlace que viene y, ale, a ver y publicar fotos.
Sólo me queda pediros disculpas por los fallos, que seguro que serán numerosos y monstruosos. Así que ante cualquier duda o error detectado, escribe, llama o, simplemente, dímelo a la cara.