Era de noche y todos corríamos delante de aquel monstruoso hombre. Medía más de dos metros de alto, vestía un mono negro de goma muy ceñido y cuando avanzaba un paso el suelo retumbaba. Era calvo y tenía la cabeza pintada de blanco, excepto un borrón negro alrededor de los labios. Uno de sus globos oculares se encontraba vacío; el otro contenía un ojo hinchadísimo, salpicado de numerosas venas rojas a punto de estallar. Su mano, la derecha, la certera, empuñaba un hacha gigantesca que blandía hacía nosotros. Mientras,bramaba con voz potente y distorsionada :
- ¡Los pies! ¡quiero vuestros pies!
Todo 4ºB corríamos despavoridos delante de él. Parecíamos una manada de cebras frente a un león en la sabana africana. Mi corazón latía veloz. Delante de mí tenía a Mamen y su larga melena, que ahora garabateaba desordenada al compás de la huida. Había más compañeros en aquel grupo, pero sólo identifiqué a Andrés cuando se giró a comprobar si la distancia con nuestro perseguidor aumentaba. Pero el monstruo estaba ahora más cerca y a cada segundo que pasaba sus sísmicas pisadas se percibían más intensas y sus rugidos más próximos.
- ¡Os voy a cortar los pies!
A mi lado corría Paula. Lo supe porque la mueca de terror le obligaba a mantener la boca abierta y advertí el destello metálico de su aparato dental . Atrás no sabía quiénes corrían, sólo sé que se escuchaban gritos.
Corríamos pero, como en la sabana africana, sólo era cuestión de tiempo; tarde o temprano esa bestia alcanzaría a alguno: al que tropezase o al más débil. Así que no era cuestión de velocidad, sino de astucia, y algo dentro de mí decía que era mejor separarme. Pasábamos por delante del callejón de la basura y lo más probable era que mis compañeros siguiesen en la misma dirección. Por eso desvíe mi trayectoria hacia la derecha, esperando que aquel ser los persiguiese. Mientras alcanzaba los contenedores que había al final del callejón, escuché jadear a alguien a mi lado. El brillo metálico delató de nuevo a Paula, que se agazapó detrás de un contenedor. Yo me oculté entre las cajas de cartón de la otra acera. Una suerte de resquicio me permitió comprobar que el resto de mis compañeros pasaban a toda velocidad calle abajo.
Mientras me acomodaba sin perder de vista el exterior, las sienes me latían y parecía que mi pecho fuese a derribarse de un momento a otro. Todavía no había recuperado la respiración cuando escuchamos un alarido. Era Jandro, el más pequeño de la clase. Mientras lo oía lloriquear y suplicar con desesperación pensé que tal vez debería acudir a ayudarlo, pero me encontraba paralizado por el miedo.
-¡No! ¡no, por favor! – gritó Jandro -¡nooooooooooooo!
Un golpe seco hizo vibrar el suelo y a éste le siguió un aullido ensordecedor de Jandro. Jamás escuché a alguien gritar así. Quise taparme los oídos pero no hizo falta, pronto cesaron los chillidos. Me acurruqué un poco más entre los cartones y vigilé la calle por donde esperaba ver pasar a nuestro perseguidor. ¡Allí estaba! Tan grande, dando aquellas zancadas tan pesadas y con el hacha goteando sangre. Iría a por mis otros compañeros, los que habían seguido huyendo calle abajo, sin duda. Paula, desde su escondite, también debía estar observándolo, pues pude escuchar como repiqueteaban sus dientes: clac-clac-clac-clac- … Debió ser ese sonido el que hizo detenerse al monstruo y girarse hacia el callejón; aquel repiqueteo era demasiado perceptible. Comprobé con horror como la fiera se adentraba con parsimonia en el callejón mientras arrastraba la hoja del hacha por el suelo. Clac-clac-clac-clac. Vibraba el suelo a cada paso. Cada vez se escuchaba con mayor intensidad el clac-clac-clac-clac. Aquel salvaje se detuvo frente al contenedor que ocultaba a Paula y con un movimiento leve volcó el enorme cubo de la basura que la ocultaba. Allí estaba Paula, con la espalda apoyada en la pared, incapaz de detener su mandíbula y con los ojos muy abiertos. Ahora se podía escuchar todavía más el castañeo de sus dientes: clac-clac-clac-clac. Él levantó con toda tranquilidad el hacha con las dos manos mientras, con pronunciación pastosa, le preguntaba, inalterable:
- ¿Y tú? - su voz era muy grave, casi gutural - ¿llevas los pies?
Debí haber defendido a Paula, haber urdido un plan para que no le seccionase también a ella los pies. Pero en la sabana africana y frente a un león hambriento tan sólo era una cebra más. Así que sólo supe salir pitando de allí. La bestia se encontraba demasiado ocupada como para preocuparse de mí, de la figura que salió disparada desde aquellas cajas de detrás. Correr. Correr, ésa era la orden. Al doblar la esquina del callejón, de reojo y sin querer hacerlo, ví como el hacha ya se abalanzaba sobre los pies de la pobre Paula … yo seguí corriendo.
Corrí hasta las siete de la mañana, que es a la hora que sonó el despertador. Aquella noche había descubierto que sólo era una cebra más, que carecía de cualquier tipo de valor, así que en el desayuno no hablé con mis hermanos, en el patio no crucé palabra con nadie y me metí en clase cabizbajo. Me acusaba de haber dejado que un monstruo seccionase los pies de dos de mis mejores amigos. Hacia el final de la mañana resolví que era una tontería el castigarme así por mi falta de coraje, que sólo se trataba de un sueño, de una pesadilla, y en clase de Lengua, mientras el profesor pasaba lista me perdoné y emergí de mi ostracismo. Me giré para dedicarles a Paula y a Jandro una sonrisa pero descubrí con inquietud que sendos pupitres estaban vacíos. La ausencia de mis dos amigos hizo que recordase la pesadilla de la noche anterior y volví a sentirme una cebra que huye de su depredador. Cerré con fuerza los ojos para eliminar esa idea de mi cabeza y pude escuchar a mi espalda una voz resonante, grave y viscosa que preguntaba:
- ¿Llevas los pies?
¡A correr!


